La magia no es cosa de magos (2015)

Mi familia jamás me mentiría. Siempre hemos sido fieles a la idea de que la verdad ha de predominar en nuestras afirmaciones, aunque también he de decir que en ocasiones dudaba en si realmente esto se cumplía.

Recuerdo la primera vez que cuestioné la veracidad de sus palabras.

Era una noche de diciembre. Habíamos decidido recorrer las calles de la ciudad para que el ambiente navideño absorbiese nuestras almas de alegría e ilusión.

En aquel paseo pude estrenar el gorro rojo de lana que me regalaron los Reyes Magos el año pasado. En un principio el regalo me decepcionó, ya que su uso era muy limitado y no podría jugar con él, pero confieso que en ese momento me alegré enormemente de tenerlo sobre mi cabeza.

Apenas anduvimos diez minutos y llegamos a nuestro destino. Alcé la cabeza para poder ver el alumbrado que invadía con elegancia todos los rincones del centro por muy tristes que pudiesen estar en otra época del año. Esta era una de las cosas que me encantaba de la Navidad.

“La magia vuelve a fluir”, pensé.

Alambres con luces enfiladas colgaban de las farolas, mostrando un espectáculo de esplendor que parecía no acabar nunca.

Los árboles, por muy pocas hojas que tuviesen en invierno, lucían sus mejores trajes, colaborando en la propagación de la esencia navideña.

No debía faltar ningún lugar sin esencia, pues entonces las personas que se encontrasen allí no encontrarían la magia que les haría felices.

Era perfecto. Mientras yo apretaba con fuerza las manos de mis padres caminando en línea recta, daba saltos de júbilo al ver que muchas otras familias y parejas compartían sonrisas y momentos inolvidables mientras los copos de nieve esparcían gotas de gozo.

– Mamá, papá. Quiero que siempre sea Navidad.

Mi padre rió y me subió a lomos de su espalda, mientras yo observaba desde una mejor perspectiva cómo el mundo idílico cobraba fuerza a cada paso que dábamos.

Pero también recuerdo que un grupo de jóvenes que había a escasos metros de nosotros gritó con total firmeza:

“¡Los Reyes Magos son los padres!”, acompañado de unas risas pícaras.

La magia se disipó en aquel momento y se me heló el corazón. Cerré los ojos suplicando en mis adentros que por favor fuese mentira.

Mantuve en secreto mi preocupación hasta días después, cuando llegaron, supuestamente, los Reyes Magos a casa.

Tras abrir los regalos, no con la misma que ilusión que todos los años, pregunté algo que pensé que resultaría incómodo en caso de ser cierto:

– Los Reyes Magos… Sois vosotros, ¿verdad?

Me extrañó que la pregunta no les hubiese sorprendido. De hecho, se mostraron absolutamente indiferentes y me respondieron con seguridad:

–  ¿Nos ves con cara de tener camellos? –respondió mi madre riendo-. ¡Por supuesto que no los somos!

Yo esbocé una sonrisa forzada, desviando nuevamente la mirada hacia los regalos.

La Navidad acabó, y siguieron pasando los meses como el resto. Desde lo que escuché, pensé que nunca más volvería a creer en la magia de la Navidad.

Cada año hago la misma pregunta: “¿Vosotros sois los Reyes Magos?”

Y aun a mis cuarenta años, ellos siempre niegan.

La verdad es que les creo. Jamás me mentirían. La duda que tuve en un principio terminó disipándose con el paso del tiempo, y actualmente abro mis regalos con la misma ilusión de siempre, visitando las calles de la ciudad iluminadas para que las personas no olvidemos que la ilusión y la alegría aún pueden estar presentes en nuestras vidas y que la esperanza debe formar parte de nuestro día a día.

Hasta que, un año, dejé de recibir regalos. La noche siguiente no me cansé de mirar por la ventana, intentando ver la silueta de mis padres gracias al resplandor de la Luna, porque se merecían ser iluminados por lo más grande que pudiésemos apreciar los humanos en el momento en el que la magia empezaba a cobrar vida para que, al amanecer, diese sus frutos.

Los copos de nieve se derretían en el gorro rojo de lana que llevaba mi hijo sobre la cabeza mientras paseaba junto a mi mujer por las calles de la ciudad.

En un momento determinado, mi hijo me tiró del abrigo para preguntarnos algo.

–  Papá, mamá. ¿Vosotros sois los Reyes Magos? – alzó la mirada y pude observar cómo sus ojos reflejaban su ilusión.

–  ¿Nos ves con cara de tener camellos? – reí, mirando hacia el cielo para intentar divisar a mis padres entre las estrellas-. No, hijo. La magia es capaz de hacer cosas milagrosas, y siempre fluirá en nuestras vidas.

¡FELIZ 2015!

10 comentarios
  1. 1 enero, 2015
    • 1 enero, 2015
  2. 2 enero, 2015
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  3. 2 enero, 2015
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  4. 3 enero, 2015
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    • 4 enero, 2015

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